VideoBar

Este contenido todavía no está preparado para las conexiones cifradas.

martes, 16 de septiembre de 2014

El Duelo Del Doctor Hirsch (Gilbert Keith Chesterton)


Los señores Maurice Brun y Armand Armagnac cruzaban los soleados Campos Elíseos con mesurada vivacidad. Los dos eran de corta estatura, animosos y audaces.
Los dos llevaban barbas negras que no correspondían a su rostro, porque seguían la moda francesa, empeñada en darle al pelo un aire de artificio. La barba de Monsieur Brun parecía pegada bajo el labio inferior y, para variar, la de Monsieur Armagnac estaba partida por la mitad y semejaba dos manojos de pelo pegados a cada carrillo. Entrambos eran jóvenes, jóvenes y ateos, con una firmeza de miras deprimente, pero gran  movimiento  de  alardes. Los dos eran discípulos del doctor Hirsch, gran hombre de ciencia,  publicista  y  moralista.

Monsieur Brun había alcanzado celebridad por su propuesta de que la expresión común «Adiós» se borrase de todos los clásicos y se impusiese una pequeña multa a cuantos la usasen en la vida privada. «Pronto —decía— dejará de sonar en los oídos del hombre el nombre de Dios que habéis imaginado.» Monsieur Armagnac se especializaba en combatir el militarismo, y pretendía que el coro de la Marsellesa se modificase de modo que «A las armas, ciudadano» quedase convertido en «A las tumbas, ciudadano». Pero su antimilitarismo era peculiar y tenía mucho de francés. Un eminente y acaudalado cuáquero inglés, que fue a verlo para hablarle del desarme de todo el mundo, se quedó sorprendido cuando le propuso Armagnac que, para empezar, los soldados habían de disparar contra los oficiales.
En este aspecto diferían principalmente los dos amigos de su director y maestro en filosofía. El doctor Hirsch, aunque nacido en Francia y dotado de todas las virtudes propias de la educación francesa, era, por temperamento, de otro tipo: suave, idealista, piadoso, y a pesar de su sistema escéptico, no exento de trascendentalismo. Se parecía, en fin, más a un alemán que a un francés; y aunque lo admiraban mucho, en la subconsciencia de aquellos franceses había cierto resquemor por la manera pacífica que tenía de propagar el pacifismo. Para sus partidarios del resto de Europa, sin embargo, Paul Hirsch era un santo de la ciencia. Su austera y atrevida teoría del cosmos pregonaba su vida ascética y su moralidad de hombre puro, aunque algo frío. En él se armonizaban la posición de Darwin y la de Tolstoi, pero no era anarquista ni antipatriota. Sus doctrinas sobre el desarme eran moderadas y evolucionistas. El mismo Gobierno de la República ponía gran confianza en él respecto a varios adelantos químicos. Su último descubrimiento fue una pólvora sin ruido o pólvora sorda, cuyo secreto guardaba cuidadosamente el Gobierno.
Estaba su casa en una bonita calle, cerca del Elíseo, calle que en pleno verano parecía tan densa de follaje como el mismo parque. Una hilera de castaños interceptaban el sol en toda la calle, menos en un trecho ocupado por un gran café con terraza al aire libre. Casi frente al establecimiento se alzaba la casa blanca, con ventanas verdes, del sabio, por cuyo primer piso corría un balcón de hierro pintado también de verde. Debajo estaba la entrada a un estrecho patio que desbordaba jubilosamente de arbustos y de tilos, y que los dos franceses cruzaron en animada conversación.
Les abrió la puerta Simón, el viejo criado del doctor, que bien podía hacerse pasar por el doctor mismo, con su irreprochable traje negro, sus gafas, su cabello gris y sus maneras reservadas.
Realmente, estaba más presentable como hombre de ciencia que su amo, el doctor Hirsch, cuyo cuerpo parecía un tenedor clavado a la papa de su cabeza. Con toda la seriedad de un médico que larga una receta, entregó una carta a M. Armagnac. Éste la abrió con la paciencia propia de su raza y leyó apresuradamente lo que sigue:
«No puedo bajar a hablar con ustedes. Hay un hombre en esta casa a quien me he negado a ver. Es un oficial chauvinista, llamado Dubosc. Se ha sentado en la escalera, después de patearme todos los muebles. Me he encerrado en mi despacho, que está frente al café. Si me quieren ustedes, vayan al café y siéntense en una de las mesas de fuera. Procuraré mandarles a ese tipo para que se entiendan con él. Yo no puedo recibirlo. No puedo y no quiero.
»Vamos a tener otro caso Dreyfus.
Monsieur Armagnac miró a M. Brun. Monsieur Brun tomó la carta, la leyó y miró a M. Armagnac. Luego, los dos se apresuraron a instalarse en una de las mesitas, a la sombra de un castaño, y pidieron dos copas enormes de un terrible ajenjo verde que, por lo visto, entre ambos podían beber en cualquier época del año y a cualquier hora. El café estaba poco menos que vacío. Sólo había un militar tomando café en una mesa, y en otra un hombre corpulento que bebía un jarabe y un sacerdote que nada bebía.
Maurice Brun aclaró su garganta y dijo:
—Claro que hemos de ayudar al maestro en todos los apuros, pero. . .
Se hizo un repentino silencio que rompió Armagnac diciendo:
—Puede que tenga motivos fundados para no entrevistarse personalmente con ese hombre, pero. . .
Antes que pudiera acabar el pensamiento, se hizo patente que el intruso había sido expulsado de la casa de enfrente. Los arbustos que crecían junto a la entrada se agitaron moviéndose a un lado, y el huésped indeseado salió arrojado como una bala de cañón.
Era un tipo robusto, que llevaba un pequeño sombrero tirolés de fieltro y tenía ese aire inconfundible de los tiroleses. Sus hombros eran anchos y macizos pero sus piernas resultaban ligeras con los calzones y las medias de punto. Su cara era morena como una castaña y sus ojos vivarachos, negros y brillantes; sus cabellos negros estaban peinados hacia atrás, dejando ver una frente ancha y poderosa, y llevaba un bigote negro como los cuernos de un bisonte. Una cabeza como aquella descansa generalmente sobre un cuello de toro, pero el cuello se ocultaba en un ancho pañuelo que le llegaba hasta las orejas y se cruzaba bajo la chaqueta, como si fuera un chaleco.
Era un pañuelo de colores fuertes, probablemente de fabricación oriental. En conjunto, presentaba aquel hombre un aspecto algo bárbaro, que le daba más aire de señor húngaro que de oficial francés. Pero su acento era tan puro como el del más castizo y su patriotismo francés rayaba en lo ridículo. Lo primero que hizo al verse en la calle fue gritar con voz de clarín:
—¿No hay por aquí ningún francés? —como si llamase a los cristianos en La Meca.
Armagnac y Brun se levantaron al momento, pero llegaron demasiado tarde. De todas las esquinas acudió corriendo la gente, y en pocos segundos se reunió un grupo, si no muy numeroso, muy apiñado.
Con el instinto del francés que conoce el temperamento de los políticos callejeros, el hombre del bigote negro corrió a un lado del café, y en un momento se subió a una mesa desde la cual, asiéndose a la rama de un castaño para mejor guardar el equilibrio, gritó como cuando Camilo
Desmoulins desparramó las hojas del roble entre el populacho:
—¡Franceses! ¡No puedo hablar! ¡Dios me protege, y por eso estoy hablando! ¡Los que enseñan a hablar con sus puercos discursos también enseñan a guardar silencio, el silencio que guarda ese espía que se oculta en la casa de enfrente, el silencio con que me ha contestado al golpear la puerta de su dormitorio, el silencio en que se envuelve ahora, aunque oye mi voz a través de la calle y tiembla en su asiento! ¡Ah! ¡Pueden seguir observando un silencio elocuente los políticos! Pero ha llegado la hora en que los que no podemos hablar hemos de hablar. Os está vendiendo a los prusianos. Os está vendiendo ahora mismo. Y el traidor es ese hombre. Yo soy Jules Dubosc, coronel de artillería, en Belfort. Ayer mismo capturamos a un espía alemán en los Vosgos y le encontramos un papel, papel que tengo en mi mano. ¡Ah! Nos lo querían ocultar, pero yo lo he traído en seguida al mismo que lo escribió, que es el que vive en esa casa. Está escrito de su puño y letra y firmado con sus iniciales. Son las instrucciones para encontrar el secreto de esa nueva pólvora sorda. Hirsch la inventó. Esta nota está en alemán y se encontró en el bolsillo de un alemán: «Dígales que la fórmula para la pólvora está en el sobre gris del primer cajón de la derecha de la mesa del secretario, Ministerio de la Guerra, en tinta roja. Mucho cuidado.—P. H.»
Añadió algunas frases cortas y contundentes como disparos, pero se veía bien claro que aquel hombre o estaba loco o decía la verdad. La mayor parte de los reunidos eran nacionalistas y gritaban ya amenazadores, y la oposición de algunos intelectuales, a cuya cabeza estaban Armagnac y Brun,
sólo contribuyó a que la mayoría se mostrase más intransigente.
—Si es un secreto militar —gritó Brun—, ¿por qué lo revela usted a gritos en la calle?
—¡Le diré por qué lo hago! —bramó Dubosc, dominando el vocerío de la multitud—. Fui a ver a ese hombre con carácter particular. Si tenía que darme alguna explicación, podía hacerlo con entera confianza. Se ha negado a explicarse en absoluto y me ha remitido a dos desconocidos que estaban en un café, como a dos lacayos. ¡Me ha arrojado de su casa, pero volveré a entrar en ella con el pueblo de París tras de mí!
Un griterío formidable estremeció la fachada de la casa y dos piedras volaron por el  aire, rompiendo  una  de  ellas  un  cristal del balcón. El indignado coronel desapareció otra vez por el portal y se oyeron sus gritos escandalizando el interior de aquella  morada.  La  multitud aumentaba  por  momento,  rugía y amenazaba, y ya parecía irremediable que tomase por asalto aquel edificio como otra Bastilla, cuando se abrió una de las puertas del balcón y apareció el mismo doctor Hirsch. Por un momento el furor de la muchedumbre se convirtió en risa al ver aquel tipo ridículo en escena. Su cuello largo y lo abatido de sus hombros le daban la apariencia de una botella de champaña, y no era ésta su única nota cómica. Le colgaba la capa como de una percha, llevaba descuidados sus cabellos color zanahoria, y su cara estaba enmarcada por una de esas barbas antipáticas que pasan muy por debajo de la boca. Estaba muy pálido y escondía sus ojos tras gafas azules.
Aunque parecía alterado, habló con acento de tan serena decisión, que hizo enmudecer al populacho a la tercera frase.
—. . . Sólo dos cosas que decirles por el momento. La primera es para mis enemigos; la segunda, para mis amigos. A mis enemigos les digo: es verdad que no quiero recibir al señor Dubosc, a pesar del escándalo que en este momento está armando a la puerta de mi despacho. Es verdad que he rogado a dos señores que se las entiendan con él en mi nombre. ¡Y les diré por qué! Porque no quiero ni debo recibirlo, pues sería esto quebrantar los principios de la dignidad y del honor.
Antes que pueda justificarme ante los tribunales, apelaré a un recurso que habrá de aceptarme como caballero, y al remitirlo a mis padrinos obro estrictamente. . .
Armagnac y Brun agitaron los sombreros como dos locos,  y hasta los enemigos del doctor aplaudieron como energúmenos al oír el inesperado desafío, ahogando en sus aclamaciones unas cuantas frases del orador, que luego siguió diciendo:
—Y a mis amigos: en cuanto a mí, preferiré luchar con las ar- mas de la inteligencia, que serán las únicas que decidirán las contiendas de la Humanidad verdaderamente avanzada. Pero hoy todavía se funda la preciosa verdad en la fuerza material y hereditaria. Mis libros han obtenido indiscutible éxito; nadie ha refutado mis doctrinas, pero en política estoy sufriendo los prejuicios tan arraigados en Francia. No puedo hablar como Clemenceau y Déroulède, cuyas palabras suenan como pisto- letazos. Los franceses se entusiasman con el duelista como los ingleses con el deportista. Está bien; acepto la prueba; pagaré mi tributo a esta costumbre bárbara y volveré a la razón para el resto de mi vida.
Inmediatamente salieron del gentío dos hombres dispuestos a ofrecer sus servicios al coronel Dubosc. Uno resultó ser el militar que estaba en el café, que dijo sencillamente: «Me pongo a sus órdenes, señor. Soy el duque de Valognes.» El otro era el hombre corpulento a quien su amigo el sacerdote trató al principio de disuadir, aunque luego se marchó solo.
A primeras horas de la tarde se servía una ligera comida en la parte posterior del café de Carlomagno, cuyas mesas se ponían a la sombra de los árboles. A una de las más céntricas se sentaba un sacerdote bajito y rechoncho, que se aplicaba con la más seria satisfacción a un plato de boquerones. Aunque llevaba de ordinario una vida sencilla y austera, de vez en cuando le gustaba regalarse con algún plato exquisito. Era un epicúreo moderado. Comía sin levantar la vista del plato, ante el cual se alineaban ordenadamente otros platos con pimientos, pan moreno y manteca, etcétera, hasta que se proyectó una gran sombra sobre la mesa y su amigo Flambeau se sentó al otro lado. Flambeau estaba sombrío.
—Temo que habré de abandonar este asunto —dijo, como si aquello le preocupase enormemente—. Estoy de parte de los soldados franceses como Dubosc y contra los ateos como Hirsch; pero creo que en esta ocasión nos hemos equivocado. El duque y yo pensamos que sería conveniente investigar el fundamento de las acusaciones, y he de decir que me alegro de haberlo hecho.
—¿Entonces, el papel es una falsificación? —preguntó el sacerdote.
—Aquí está precisamente lo  extraño  —contestó  Flambeau—. La letra es exactamente igual a la de Hirsch, y nadie podría engañarse respecto a esto. Pero no ha sido escrito por Hirsch. Si es un patriota francés, no ha escrito él una información destinada a los alemanes. Y si es un espía alemán, tampoco lo ha escrito él, porque no proporciona informe alguno a los alemanes.
—¿Quiere usted decir que el informe es falso? —preguntó el padre  Brown.
—Falso —contestó el otro—, y falso precisamente en aquello que el doctor Hirsch podía ser veraz; en lo del lugar donde se guarda su propia fórmula secreta, en su propio departamento oficial. Por especial favor de Hirsch y de las autoridades, se nos ha permitido ver el cajón secreto donde se guarda la fórmula del doctor en el Ministerio de la Guerra. Somos los únicos que lo han visto, aparte del mismo inventor y del ministro de la Guerra; pero el ministro nos lo permitió para evitar que Hirsch se batiese en duelo. Después de esto, no podemos apadrinar a Dubosc, si su revelación no es más que agua de borrajas.
—¿Y lo es? —preguntó el cura.
—Lo es —dijo su amigo con amargura—. Es una burda falsificación de quien nada sabe del verdadero escondite. Dice que el papel se halla en el armario de la derecha de la mesa del secretario. En realidad, el armario con el cajón secreto está un poco a la izquierda de la mesa del secretario.
Dice que el sobre gris contiene un extenso documento escrito en tinta roja. No está escrito en tinta roja, sino en tinta negra. Es ridículo decir que Hirsch se haya podido equivocar respecto a un papel que nadie más que él reconoce, o que haya tratado de ayudar a un ladrón extranjero haciéndole revolver un cajón en el que nada podía encontrar. Creo que debemos dejar esto y presentar nuestras excusas al doctor.
El padre Brown parecía cavilar, y preguntó mientras pinchaba con el tenedor otro boquerón:
—¿Está usted seguro de que el sobre gris se halla en el armario de la izquierda?
—Segurísimo —contestó Flambeau—. El sobre gris. . . en realidad, era blanco, estaba. . .
El padre Brown dejó el tenedor y el plateado pescado  y  se quedó mirando fijamente a su compañero.
—¿Qué? —preguntó con voz alterada.
—¿Cómo, qué? —repitió Flambeau, tragando con apetito.
—Que no era gris —dijo el sacerdote—. Flambeau, no me asuste.
—¿Por qué ha de asustarse?
—Me asusta el sobre blanco —explicó el otro, muy serio—
. ¡Si al menos hubiera sido gris. . . !, pero si es blanco, todo este negocio está muy seguro. El doctor se ha metido en un berenjenal, después de todo.
—¡Pero le repito que no puede haber escrito él semejante nota!
—gritó Flambeau—. La nota es falsa respecto a los hechos, e, inocente o culpable, el doctor Hirsch los conocía perfectamente.
—El que escribió la nota conoce todos los hechos —dijo secamente el clérigo—. Nadie sería capaz de falsificarlos tanto sin conocerlos. Hay que saber mucho para mentir en todo, como el diablo.
—¿Quiere decir. . . ?
—Quiero decir que el hombre que miente a la ventura dice alguna verdad. Suponga usted que alguien lo mandara en busca de una casa con puerta verde y ventana azul, con jardín delante, pero sin jardín detrás, con un perro, pero sin gato, y en donde se bebe café, pero no té. Dirá usted que si no encuentra esa casa, todo era una mentira. Pero yo digo que no. Yo digo que si encuentra usted una casa cuya puerta sea azul y cuya ventana sea verde; que tenga un jardín detrás y no lo tenga delante; en que abunden los gatos y se ahuyente a los perros a escobazos; donde se beba té a todo pasto y esté prohibido el café. . . , podrá estar seguro de haber dado con la casa. Quien le dio las señas debía conocer la casa para mostrarse tan cuidadosamente descuidado.
—Pero ¿qué podría significar esto? —preguntó el comensal.
—No lo concibo —contestó Brown—. No llego a comprender este caso de Hirsch. Mientras sólo fuese el cajón de la izquierda en vez del de la derecha y tinta roja en vez de negra, podría pensar que eran errores causales de un falsificador, como usted dice. Pero tres es un número cabalístico: a la tercera va la vencida, como suele decirse. Que la situación del cajón, el color de la tinta, el color del sobre se confundan por accidente, no puede ser una coincidencia. No lo ha sido.
—Pues ¿qué ha sido entonces? ¿Una traición? —preguntó Flambeau, continuando su comida.
—Tampoco lo sé —contestó Brown con cara de hombre aturdido—. Lo único que se me ocurre pensar. ..
Jamás comprendí el caso Dreyfus. La prueba moral se me hace más comprensible que cualquier otra clase de prueba. Me rijo por la voz y los ojos de un hombre, por sus gustos y sus repugnancias, por el aspecto de felicidad de su familia. En fin, en el caso de Dreyfus me hacía un embrollo. No por los horrores que se imputaban ambas partes; sé (aunque no sea muy modesto decirlo) que la naturaleza humana, en los puestos más elevados, aún es capaz de dar Gengis y Borgias. No; lo que me desconcertaba era la sinceridad de ambas partes. No me refiero a los partidos políticos; la tropa siempre es honesta, y a veces incauta. Quiero decir las personas que entraban en juego. Los conspiradores, si los hubo. El traidor, si lo hubo. Los  hombres  que  debían haber sabido  la verdad.  Dreyfus se conducía como  un hombre que sabe que es hombre calumniado. Pero los estadistas franceses se portaban como si supiesen que no era un hombre calumniado, sino un malvado.
No digo que se portaran bien, sino que lo hacían como si estuviesen convencidos de ello. No puedo explicar bien esto; pero sé lo que quiero decir.
—Pero ¿qué tiene que ver todo eso con nuestro Hirsch? — preguntó el otro.
—Supongamos que una persona que ocupa un cargo de con- fianza —siguió diciendo el sacerdote— empieza a dar al enemigo informes porque sabe que son falsos. Supongamos que cree que salva a su país engañando al extranjero. Supongamos que esto lo lleva a centros de espionaje donde se le hacen pequeños préstamos y se encuentra más o menos atado. Supongamos que atolondradamente cambia de postura, no diciendo nunca a los espías extranjeros la verdad, pero permitiéndoles que poco a poco la adivinen. Siempre podría decir en defensa propia: «Yo no he ayudado al enemigo, dije que era el cajón izquierdo.» Pero sus acusadores podrían decir: «Pero el enemigo podría ser bastante inteligente para comprender que querías decir el derecho.» Creo que esto es admisible psicológicamente en nuestra época de cultura, claro.
—Eso puede ser psicológicamente posible —contestó Flambeau— y explicaría, sin duda, que Dreyfus estuviera convencido de que se le calumniaba mientras sus jueces lo estaban de su culpabilidad.
Pero el asunto no pierde por eso nada de su color históricamente, porque el documento de Dreyfus (si era suyo),  era,  literalmente,  correcto.
—Yo no pensaba en Dreyfus —dijo el padre Brown.
Las mesas se habían ido desocupando y había más silencio; ya era tarde, pero aún el sol lo doraba todo, como si hubiese quedado prendido en las copas de los árboles. En el silencio, Flambeau hizo crujir la silla al moverla a un lado y, apoyándose de codos en la mesa, dijo con cierta aspereza:
—Bueno, pues; si Hirsch no es más que un tímido traidor. . .
—No sea usted con ellos demasiado riguroso —dijo el sacerdote con mansedumbre—. No tienen la culpa; pero carecen de instinto. Me refiero a esa virtud que hace que una mujer se niegue a bailar con un hombre o que un hombre acepte una investidura. Les han enseñado que todo es cuestión de grados.
—Sin embargo —exclamó Flambeau, con impaciencia—, no hay mala intención por parte de mi representado, y debo seguir el asunto adelante. Dubosc puede ser un poco loco, pero no deja de ser un patriota.
El padre Brown siguió comiendo boquerones. La parsimonia con que lo hacía irritó a su amigo, que le dirigió una mirada de fuego y le preguntó:
—¿Qué tiene usted que decir? Dubosc tiene toda la razón, en cierto modo. ¿Dudará usted de él?
—Amigo mío —contestó el sacerdote, dejando el cuchillo y el tenedor con aire de desesperación—, yo dudo de todo. Quiero decir de todo lo que ha pasado hoy. Dudo del hecho mismo, aunque ha ocurrido ante mis propios  ojos.  Dudo  de  todo  lo que han visto mis ojos desde esta mañana. En este asunto hay algo que se diferencia por completo de los casos ordinarios de policía, en que media un hombre que miente más o menos y otro que dice más o menos la verdad. Aquí los dos hombres. . .
¡Bueno! Ya le he dicho que la opinión que yo puedo exponer sobre el caso a nadie satisfaría.
Tampoco a mí me satisface.
—Ni a mí —replicó Flambeau, con cara adusta, mientras el otro seguía comiendo pescado con aire de absoluta resignación—. Si no puede usted sugerir más que la opinión de que se trata de un mensaje transmitido por los contrarios, para mí no hay cosa más clara; pero. . . , ¿cómo llamaría usted a eso?
—Yo lo llamaría flojo —replicó el cura, con viveza—, extraordinariamente flojo. Pero eso es lo más chocante de todo el asunto. La mentira parece la de un muchacho de primeras letras. No hay más que tres versiones: Dubosc, Hirsch y mi idea. Esa nota ha sido escrita o por un funcionario francés para perder a un oficial francés, o por un oficial francés para ayudar a funcionarios alemanes, o por el oficial francés para engañar a funcionarios alemanes. Está bien. Podía esperarse un documento secreto pasando de mano en mano entre esta fuente, oficiales o funcionarios, probablemente cifrado, y desde luego, abreviado, seguramente científico y en términos estrictamenete técnicos; pero no: se escribe de la manera más sencilla y con un laconismo espantoso: «En la gruta roja hallará el casco dorado.» Parece que. . . , que quisieran dar a entender que se había de llevar a cabo en seguida.
No pudo seguir aquella discusión, porque, en aquel momento, un individuo, que vestía el uniforme francés, se acercó  a  la mesa como el viento y se les sentó al lado, de sopetón.
—Traigo noticias extraordinarias —dijo el duque de Valognes—. Vengo de ver a nuestro coronel.
Está haciendo las maletas para marcharse y nos ruega que presentemos sus excusas sur le terrain.
—¿Cómo? —gritó Flambeau, con acento de incredulidad—.
¿Que lo excusemos?
—Sí —contestó el duque, ásperamente—, entonces, y allí mismo, ante todos, cuando ya estén desenvainadas las espadas. Y usted y yo hemos de hacer eso mientras él huye.
—Pero, ¿qué significa esto? —gritó Flambeau—. ¿Es posible que tenga miedo de ese enclenque de Hirsch? ¡Diablo! — exclamó con indignación—. ¡Nadie puede temer a Hirsch!
—¡Creo que debe de ser una intriga! —profirió Valognes—: Alguna intriga de los judíos francmasones.
Esto redundará en honor y gloria de Hirsch. . .
El rostro del padre Brown era vulgar, pero expresaba una curiosa satisfacción. Brillaba tanto en la ignorancia de una cosa como en la comprensión; pero siempre lo iluminaba un resplandor cuando
se le caía la máscara de la estupidez para ser sustituida por la de la inteligencia, y Flambeau, que conocía a su amigo, sabía que en aquel momento lo había comprendido todo. Sin decir nada, Brown acabó finalmente el plato de pescado.
—¿Dónde ha visto usted, últimamente, a nuestro lindo coronel? —preguntó Flambeau, muy enojado.
—En el Hotel Saint Louis, cerca del Elíseo, donde lo dejamos. Le repito que está haciendo las maletas.
—¿Cree usted que estará aún allí? —preguntó Flambeau, con cara sombría.
—No creo que se haya marchado aún —contestó el duque—. Se está preparando para emprender un largo viaje. . .
—No —atajó el padre Brown, simplemente, pero levantándose resuelto—, para un viaje muy corto. Mejor dicho: para el más corto de los viajes. Pero aún podemos atraparlo si montamos en un automóvil.
Ni una palabra más pudieron arrancarle hasta que el coche torció por la esquina del Hotel Saint
Louis, donde se apearon, para meterse, por indicación del sacerdote, en una calle estrecha, envuelta en la oscuridad. Cuando el duque preguntó, en su impaciencia, si Hirsch era o no culpable de traición, contestó casi distraído:
—No, sólo de ambición, como César. —Y luego añadió de una manera incoherente—: Lleva una vida muy retraída y solitaria; se lo ha de hacer todo él mismo.
—Pues si es ambicioso, ahora quedará satisfecho —observó Flambeau, con cierta amargura—. Todo París lo proclamará, ahora que el maldito coronel se marcha con el rabo entre las piernas.
—No hable usted tan fuerte —dijo el padre Brown, bajando la voz—; porque su maldito coronel está a la vista.
Todos se aplastaron contra las sombras de la pared, viendo, en efecto, que el robusto coronel caminaba por la calle contigua con una maleta en cada mano. Ofrecía el mismo aspecto estrafalario que cuando lo vieron por vez primera, aun cuando había sustituido sus polainas por unos pantalones corrientes. No podía negarse que se escapaba del hotel.
Lo siguieron por una de esas calles angostas y tristes que dan la impresión del reverso de las cosas o del interior de los escenarios. A un lado se alargaba una pared incolora, rota de vez en cuando por puertas macizas y sucias de barro y de polvo, muy bien cerradas y sin más ornamento que el grotesco dibujo trazado con yeso por algún muchacho transeúnte. Por encima de la tapia asomaban, de vez en cuando, las copas de los árboles, detrás de los cuales podía barruntarse alguna que otra galería perteneciente a grandes edificios parisienses, relativamente cercanos, aunque parecían tan inaccesibles como escarpadas montañas de mármol. Al otro lado de la calleja corría la alta y dorada verja de un parque oscuro.
Flambeau miraba todo aquello con especial curiosidad.
—Sabe usted —observó— que noto una particularidad en esta calle que. . .
—¡Hola! —exclamó el duque—. Ese tipo ha desaparecido. ¡Se ha desvanecido como un maldito duende!
—Tiene una llave —explicó el clérigo—. No ha hecho más que entrar por una de esas puertas.
Y aún hablaba cuando oyeron el golpe de una pesada puerta al cerrarse casi frente a ellos. Flambeau se acercó corriendo a la puerta que así se cerraba en sus propias narices y se detuvo, atusándose el negro bigote con furiosa curiosidad. De pronto se encogió como un gato, y dando un brinco se subió a la tapia, donde su corpulencia se destacó negra como la copa de un árbol.
El duque se volvió al sacerdote.
—La fuga de Dubosc es más complicada de lo que pensábamos
—le dijo—; pero supongo que huye de Francia.
—Huye de todas partes —contestó el padre Brown. Relumbraron los ojos de Valognes, pero bajó la voz al preguntar:
—¿Cree que va a suicidarse?
—En todo caso no se encontrará el cadáver —replicó el otro. De lo alto de la pared les llegó una exclamación ahogada de Flambeau, que dijo en francés:
—¡Dios mío! ¡Ahora sé dónde estamos! En la parte de atrás de la casa donde vive Hirsch. Reconocería cualquier casa viéndola por detrás, como a un hombre por la espalda.
—¡Y Dubosc se ha metido ahí! —gritó el duque, golpeándose las caderas—. ¡Después de todo se encontrarán! —con la pronta decisión de un francés saltó la tapia y se sentó con la pierna colgando, presa de viva agitación. El sacerdote se quedó solo abajo contemplando, pensativo, el parque que tenía delante.
Aunque el duque era de suyo curioso, tenía el instinto de un aristócrata y más deseaba mirar la casa que espiar lo que allí pasaba; pero Flambeau, que tenía el instinto de un ladrón escalador de viviendas y de un detective, ya se había colgado de la horca de una rama, por la que trepó hasta muy cerca de la única ventana iluminada, tras la cual se había corrido una cortina encarnada, pero no tan completamente que no dejase un resquicio a un lado por el que, inclinándose un poco sobre una rama delgada que apenas podía sostenerlo, pudo ver al mismísimo coronel Dubosc en el momento en que entraba a un dormitorio tan lujoso como alumbrado. Y a pesar de que Flambeau estaba muy cerca de la casa, oía la conversación que sus dos compañeros sostenían, en voz baja, junto a la tapia.
—Bien, después de todo, se encontrarán.
—No se encontrarán nunca —replicó el padre Brown—. Hirs- ch tenía razón al decir que para solventar asuntos como éste, los principales promotores nunca se encuentran. ¿No ha leído usted una historia eminentemente psicológica de Henry James sobre dos personas que por casualidad nunca se encontraron y que acabaron por temerse mutuamente, pensando que aquel era su destino? Éste es un caso parecido, pero más curioso.
—Hay gente en París que los curará de esas fantasías de locos
—opuso Valognes, con acento de venganza—. Verá usted cómo se encuentran si los atrapamos y obligamos a batirse.
—No se encontrarán ni en el día del juicio —dijo el sacerdote—. Aunque el Dios Todopoderoso los llamase a juicio y San Miguel tocara la trompeta para que cruzaran las espadas, si se presentaba uno, el otro dejaría de acudir.
—¿Pero qué significa ese misterio? —exclamó el duque, impaciente—. ¿Por qué no se han de encontrar como otra gente cualquiera?
—Porque son opuestos entre sí —contestó  el  padre  Brown, con una sonrisa bondadosa—. Se contradicen mutuamente. Se aniquilan, por decirlo así.
Y siguió mirando a la oscuridad de los árboles, mientras Valognes volvía la cabeza al oír una ahogada exclamación de Flambeau. Éste, que no quitaba la vista de la habitación alumbrada, acababa de ver cómo el coronel, después de dar unos pasos, procedía a quitarse la chaqueta. Flambeau creyó, de momento, que se trataba de una lucha que iba a empezar; mas pronto comprendió que era otra cosa. La robustez y reciedumbre torácica de Dubosc no era más que rellenos de guata, que desaparecieron con la prenda de vestir. En camisa y pantalones como un esbelto caballero, se dirigió al cuarto de baño sin más propósito hostil que el de bañarse. Se acercó a un lavabo, se secó su cara y manos goteantes y volvió a la zona de luz, que le dio de lleno en el rostro. El color moreno de su piel había desaparecido, el bigote negro había desaparecido; su cara estaba rasurada y palidísima; del coronel no quedaban más que sus brillantes ojos de halcón. Al pie de la tapia, el padre Brown seguía cavilando como en un soliloquio:
—Esto es lo que yo decía a Flambeau. Estos elementos tan opuestos no se dan, no actúan, no luchan.
Si es blanco en vez de negro, sólido en vez de líquido, y así hasta agotar la lista, algo va mal, monsieur, algo va mal. Uno de esos hombres es rubio y el otro moreno, uno recio y el otro delgado, uno fuerte y el otro débil. Uno tiene bigote sin barba y no se le puede ver la boca, el otro lleva barba y no se le pueden ver las mejillas. Uno lleva el pelo cortado al rape, pero también un pañuelo grande que le cubre el cráneo, y el otro lleva caído el cuello de la camisa, pero también el pelo largo que le cubre el cráneo. Todo eso es demasiado limpio y correcto, monsieur, para que haya algo malo. Las cosas tan opuestas no pueden reñir. Cuando la una sale, la otra entra. Como la cara y la máscara, como la cerradura y la llave. . .
Flambeau no apartaba un momento la vista del interior de la casa y estaba blanco como la cera. El ocupante de la habitación estaba de espaldas a él, pero delante de un espejo, y se había encajado una barba rubia de pelo desordenado, que le daba la vuelta a la cara y le dejaba al descubierto una boca burlesca. Reflejada en el espejo, parecía la cara de Judas, riendo horrendamente entre las llamas del fuego del infierno. Por un momento vio el atónito Flambeau cómo se movían las rubias cejas para quedar ocultas en unas gafas azules. Y envuelta en una bata negra, aquella figura diabólica desapareció por la parte delantera de la casa.
Momentos después, un estruendo de aplausos llegados de la calle paralela al callejón anunciaba que el doctor Hirsch había aparecido otra vez en el balcón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario